EL SINUOSO CAMINO DE NAPSTER A SPOTIFY: EL DELIRIO DEL STREAMING

“I realise I hold the key to free do. I cannot let my life be ruled by threads. The time has come to make decisions. The changes have to be made. I realise I hold the key to freedom”…The Web, 1983, Marillion.

Por: José Alejandro Rodríguez Guzmán*

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En noviembre de 1963, la aparición del álbum: Please Please Me, del grupo The Beatles consolidó un fenómeno comercial sin precedentes. The Beatles, fue un grupo que gestó una transformación para dar paso a una generación revolucionaria y re inventó el consumo cultural. El éxito del grupo radicó en sus ventas de discos y en la fuerza comercial, vanguardista y experimental que trajo consigo en la cultura del rock.
Al pasar los años, los discos de larga duración refirmaron la necesidad cultural del uso de equipos que obedecían al concepto de la mecánica como un objeto ideal de la cultura moderna, y significó la idea del progreso y la modernidad.

La música se convirtió así en un agente de un sistema socioeconómico de producción. Al pasar los años, la tecnificación de los equipos de audio fue miniaturizada; de tal manera que, la máquina y su uso cotidiano para escuchar música se ha convertido en una necesidad antropomórfica para el ser humano.

Treinta y seis años después (1999) un nuevo fenómeno cultural vinculado al rock emergió: la aparición de Napster, creada por Sean Parker y Shawn Fanning, distribuyó y compartió archivos de música en formato MP3. El ideal mitológico de la convergencia tecnológica llegó a su punto más elevado. Ya no eran discos de vinilo, cassettes, discos compactos digitales, y al igual que las ventas de los larga duración de The Beatles y de la revolución musical que habían logrado, la innovación para distribuir y consumir música de forma digital, también revolucionó al mundo, pero ahora lo haría a manera de la fragmentación de la obra musical.

NAPSTER

Napster abrió el camino y posibilitó el consumo de la canción o las canciones de éxito; sin embargo, se enfrentó a un desafío legal, en ese sentido, la banda Metallica interpuso una demanda contra la empresa por el uso de la canción: I dissapear, para el filme Mision: Impossible II y que circuló en la red en el año 2000. Dicho evento provocó la reacción de las empresas discográficas, entre ellas, AM Records, acusando a Napster de infringir, contribuir y violar los derechos de autor.
La revolución cultural, musical y tecnológica, a partir de la tríada artista-obra-mercancía, se convirtió en un hemisferio de lucha y de oportunidad para bandas como Offspring, Smashing Pumpkins, Limp Bizkit, Radiohead, entre otros, que vieron en esta opción la posibilidad de consagrarse artísticamente.

Cuarenta y tres años después (abril de 2006) del éxito comercial de The Beatles, apareció la empresa sueca: Spotify, creada por Daniel Ek y Martin Lorentzon; dicho consorcio, reproduce música vía streaming y la ofrece a través de un sistema gratuito y con publicidad, en modo de radio permite la búsqueda por artista, álbum o listas de reproducción. El objeto del ideal mitológico de la máquina llegó sin precedente, sin demandas, sin censuras, y con la aprobación de las grandes disqueras como: Universal Music, Sony BMG, Emi Music, Warner Music, entre muchas más.

La aparición de esta modalidad expropió el interés por la obra completa del artista, la fragmentó, la banalizó y la llevó a un punto en que permea el éxito radiofónico o el sencillo de un artista o un grupo, siendo una nueva postura universal, uniforme, unidireccional y unívoca.

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Napster y Spotify, han demostrado que la tecnología no determina la evolución histórica y el cambio social; sin embargo, puede adecuarse a las necesidades del ser humano. La convergencia tecnológica está inserta en la globalización y modifica las relaciones interpersonales a partir del consumo, la construcción de identidades virtuales, y la relación del hombre con la máquina y sus procesos culturales. La tríada artista-obra-mercancía, ya no genera el interés del público, la audiencia y la masa, porque sus contenidos se han convertido en algo superficial, en algo efímero.

La convergencia tecnológica sugiere que el mundo sea inmediato, virtual, selectivo, masivo, local y global, gobernado por las élites cosmopolitas. La cultura del rock está inmersa en dicha relación. Y después de cincuenta y seis años de la aparición de Please Please Me, ya no es necesario ir a una tienda a comprar un disco, ya no es necesario acudir a esos santuarios en los que había cantidades descomunales de acetatos. Hoy la fórmula es simple: desde el hogar se puede acceder a catálogos, a listas de reproducción; la miniaturización de la obra y su fragmentación consolidan el nuevo sentido identitario de la cultura musical.

Lars Ulrich, el baterista de Metallica, es directamente el gestor de esta nueva identidad, su reclamo a Napster permitió que el negocio musical diera un giro de 360 grados. La distribución de los contenidos musicales del presente se han convertido en algo placentero. Los grandes monopolios de la música de manera unísona alzaron la mano y dijeron: queremos al mundo y lo queremos ahora. Napster y Spotify, son el delirio del streaming musical, son el Altamont de la era digital y son el símbolo del más recalcitrante imperio de la globalización, un lugar no apto para el marginal LP.

* Licenciado en Ciencias de la Comunicación y catedrático en la Universidad La Salle Cancún